Del enamoramiento al amor en pareja: etapas del camino

25 noviembre, 2018

“Cuando el amor os llame, seguidle, aunque sus caminos sean duros y escarpados.
Porque así como el amor os corona: debe crucificaros.
Así como os agranda, también os poda”
Khalil Gibran

Todos sabemos que el enamoramiento es una droga.
Es un nudo maravilloso con el que nos atamos a alguien.
Una pegajosidad que nos hace sufrir y gozar al extremo.
Una adicción tan intensa que es imposible dejarla.

Pero hemos de saber que en el enamoramiento no hay amor.
Porque solo nos enamoramos bajo una premisa: que la pareja nos llene.
Intentamos conseguir a través del otro lo que nos falta.
Y no es fácil llenar nuestro vacío.

Cuanto más amor nos faltó de pequeños, más hambre tenemos de mayores.
Cuanta más necesidad, más agujero interno, más anhelo y esperanza.
Cuanto enamorados, más expectativas infantiles estamos poniendo en el otro.
El enamoramiento, pues, lleva consigo las semillas de su propia destrucción.

Estar enamorado es vivir en una burbuja.
Es nadar en una alucinación donde pintamos al otro con los colores de nuestra fantasía.
Estar enamorado en esencia es no ver al otro.
Es proyectarle lo que me gustaría que fuese para compensar lo que no soy.

A más intensidad, más querremos al (del) otro.
Y cuando no nos de lo que queremos aparecerán nuestras heridas.
Reaccionaremos echándole toda nuestra mierda.
Y mi mierda y la suya estallarán contra el ventilador.

Se derrumba mi castillo: me quedo sin reino.
Paso de rey a mendigo. Vago por el desierto.
¿Por qué tengo tanta sed?
Porque el otro así lo quiso. Tiene la culpa.

Mi pareja no me da lo que yo necesito: quedo desamparado y agonizo.
No cumplió con lo prometido: desearme a mí, siempre, sólo a mí.
Parecía que éramos uno y ahora todo ha cambiado.
Le odio. Reclamo, reprocho, insulto, lloro y pataleo.

Habitualmente me voy. O me deja. No aguantamos.
Pero afortunadamente esta vez despierto y puedo verle.
Consigo sostener mi decepción y mi dolor.
Siento la frustración de que la otra persona no es como yo quiero.

Admito que no soy todo para mi pareja.
Acepto que mi anhelo infantil nunca será cubierto.
Respiro la decepción de que no todas mis necesidades serán satisfechas.
Y ahí ya estoy amando de verdad.

Alberto Martín-Loeches

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