Enamorarse, ¿de quién?

Lo siento, pero es mentira eso de que buscamos a alguien que nos haga feliz. Normalmente nos enamoramos de quien puede jugar un papel en nuestro guion amoroso fijado por nuestras dinámicas familiares.

A veces la pareja que cogemos es «el padre o madre perfeccionados». En ese caso, nos atrae aquel que nos da amor y atención de forma parecida a cómo nos lo daba papa o mamá con la esperanza de obtener lo que no recibimos en su día. O sea, que lo que nos faltó en la infancia lo intentamos compensar ahora con nuestra pareja.

Otras veces nos atraen las personas que reeditan lo que sentíamos de pequeños con nuestros padres, teniendo en cuenta cómo se trataban ellos y como nos trataban a nosotros. Entonces buscamos lo que conocemos o lo que tuvimos. Lo malo es que en nuestra infancia no solo había amor, también había otras dinámicas menos apetecibles: obligaciones, falta de cariño, venganzas, inseguridad, vergüenza, etc.

Aunque no lo parezca, muchas veces rechazamos a posibles parejas porque son demasiado buenas, maduras, confiables o equilibradas y esas cualidades nos suenan extrañas… o parece como que no nos lo merecemos. Nos enamoramos de otras más excitantes, porque inconscientemente esto nos reasegura revivir nuestros patrones conocidos (y frustrantes).

Nos atraen las personas que nos hacen sentir lo que sentíamos con nuestros familiares cercanos, tanto lo positivo como lo negativo.

Por eso, en terapia tratamos de esclarecer, procesar y sanar las heridas familiares para que no las reeditemos con nuestras relaciones actuales.

Alberto Martín-Loeches

Terapia Gestalt Madrid

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