La tristeza es un aviso de mi querido organismo.
Me dice que sufrido una pérdida o una decepción.
Y necesito parar un tiempo para poder asimilarlo.
Tengo dos opciones: afrontar lo que pasa o mirar a otro lado.
Puedo elegir liberar el dolor, doliéndome.
O puedo dejar que se envenene en mi interior.
Es como una espina que se me ha clavado.
Puedo sacarla (duele).
O puedo dejarla (se pudre).
Hacerme cargo de lo que me pasa implica pararme a sentir.
Poner presencia y dar espacio a mi desilusión.
Pero ojo: sin regodearme y caer en el pobre de mí.
Posiblemente habré de bajar algún listón y bajar la cabeza con humildad.
Puede que tenga que agachar la cabeza y reconocer mi derrota.
No tendré más remedio que dejarme de resistir y soltar lo que no puede ser.
Si el asunto es gordo tal vez tendré que dejar que la tristeza me desgarre.
Sabiendo que solo después de cada lágrima brotará una nueva comprensión.
Confiando en que el dejarme caer un rato me ayudará a hacer esta difícil digestión.
Haberme permitido atravesar todo eso hará que aparezcan nuevas ganas de salir al mundo y compartir.
De la rendición surgirá una nueva bocanada de aire fresco de mi corazón.
La tristeza ya habrá completado su misión. Y el viaje habrá acabado.
Alberto Martín-Loeches
.
.
.
Otras reflexiones interesantes
10 cosas que deberías saber sobre la psicoterapia
Buscando el sentido de mi vida
¿Cómo superar una ruptura sentimental?
La diferencia entre el dolor y el sufrimiento
.
.
.








