En la aceptación y la rendición llega el cambio.

¿Rendirse significa resignarse?

Claramente, no. Rendirse y resignarse son actitudes ante la vida muy diferentes.

Resignarse iría asociado a frases que son muy autodestructivas, igual te suenan: “esto es lo que hay”, “yo soy así”, “es imposible”… 

Resignarse va unido sin remedio al victimismo, por lo tanto te deja fuera de toda responsabilidad y también de toda opción de cambio. Al tener la certeza de la “no posibilidad” le das la orden inmediata a tu Inconsciente de que “la puerta está cerrada y no entre bajo ningún concepto”, y así lo hace.

Resignarse, es una cara de la moneda. La otra sería, luchar.

Hemos aprendido que la vida es una lucha constante; un desgaste, un sufrimiento, una carrera de obstáculos en las que o bien gano o bien pierdo, siempre en competición con los demás.

Por lo tanto, o luchamos como fieras, unos contra otros, y con nosotros mismos hasta quedarnos literalmente sin energía para conseguir una miseria, o, si nos agotamos antes (que suele ser lo más natural), nos resignamos a nuestra “mala estrella”, entonces abandonamos cualquier sueño, cualquier intento de mejora o cambio, con un “ésto no es para mí”, y ¡carpetazo!.

Voy a ser clara, ¡eso está muy desfasado y da mucha pereza! suena a hace un millón de años, me vienen imágenes en color sepia a la cabeza, ¿no las ves también tú?.

Sin embargo, podemos optar por otro camino. Cuando una situación se nos dificulta demasiado, es muy dolorosa o no vemos la solución, podemos empezar por la aceptación. Aceptar la escena tal y como viene es “abrazarla”, trascender con ella, fluir (esa palabra tan usada). Mirar a la incomodidad o al dolor a la cara, sin miedo. Pasarlo y trascenderlo.

Hace poco, una amiga me contaba que ella había aprendido que cuando tenía cualquier tipo de dolor físico, si le dolía por ejemplo la tripa, no se enfadaba esperando que acabara el malestar, ni se retorcía y permanecía donde estuviera, disimulando. Si se encontraba de vacaciones, aceptaba que ese día se quedaba en casa o en el hotel, con una infusión, en la cama y esperando a que el dolor pasara. Lo que aprendió de esta forma de actuar, es que el dolor terminaba antes.

Esto es un ejemplo gráfico de cómo aceptar una situación en vez de luchar contra ella, y me gustaría que la trasladaras sobre todo a experiencias de índole mental, la lucha mental desgasta mucho más que la física. 

Krishnamurti decía que si comienzas a entender lo que eres -o las circunstancias que ahora mismo vives- sin intentar cambiarlas, lo que eres y lo que vives te somete a una transformación.

Tras la aceptación llega la rendición. 

La rendición implica apartarte y así dejar pasar a tu Inconsciente, a tu Inteligencia Superior para que interceda. Es dejar de bloquear la puerta, entender que tú solo no puedes hacer todo, porque actúas desde el Ego, con miedo y su consecuente dolor.

Rendirse es dejar que las cosas pasen y actuar en cuanto sea el momento, tener la certeza de que así será. 

Imagina que se está saliendo el agua de una tubería, no haces nada más que poner trapos para evitar que salga a chorros, sacar cubos, gritar y maldecir. Los daños están afectando a toda la habitación y empiezan a llegar al resto de la casa.

Aceptas tu problema, te rindes porque sabes que tú no estás capacitado para arreglar nada de eso, es más, lo estás empeorando, y llamas a un fontanero, al que le dejas paso con total confianza porque sabes con certeza que él sabrá cómo actuar.

“Solo una persona que está rendida tiene poder espiritual. Rindiéndote eres libre.” Eckhart Tolle.

La libertad de la rendición – Beatriz Gómez Acebrón